Las fuentes de la felicidad


"Mi vida no tiene propósito, ni dirección, ni finalidad, ni significado, y, a pesar de todo, soy feliz. No lo puedo comprender . ¿Qué estaré haciendo bien?. (CHARLES M. SCHULZ, Carlie Brown, 1999)




Las fuentes de la felicidad son diversas y personales. La tendencia del ser humano a querer ser feliz es universal y eterna. Muchas personas se sienten felices acompañadas, otras solas, pero no hay duda que, cada día, nos proporciona un motivo para sentirnos felices


Los recién nacidos están programados genéticamente para satisfacer sus necesidades alimenticias y de bienestar pidiendo así, con el llanto, cubrirlas. Los niños que crecen en un entorno saludable confían en los adultos y buscan contacto físico y conexiones afectivas con otras personas. Sin duda, las emociones que desde el principio juegan el papel principal en el desarrollo de la felicidad, tienen que ver con el deseo natural de amar y ser amados


Charles Darwin, en su libro sobre las emociones, un día preguntó a un niño de cuatro años qué significaba para él la felicidad, el niño respondió: "Hablar, reírme y dar besos". Darwin concluyó diciendo que ésta era la definición más práctica y verdadera de la dicha


La gente joven, halla en el deporte, la creatividad y las causas humanitarias prácticas interesantes donde estimular sus ideas y sentirse felices


En la edad adulta, las fuentes más frecuentes de la dicha, son las uniones íntimas de pareja y las relaciones dentro del seno familiar


A la hora de identificar las fuentes de la felicidad la gran mayoría de las personas, con independencia de su edad, sexo, raza, posición social o nacionalidad, destacan las relaciones afectivas


El sentido de la autonomía y la iniciativa para dirigir nuestra propia vida constituyen otra fuente de felicidad


A medida que se prolonga la vida y, en consecuencia, aumenta el tiempo libre, las actividades de ocio, el deporte, el arte o la meditación son parcelas donde experimentar la felicidad


Con todo, nuestra satisfacción con la vida depende en menor medida de las cosas que poseemos o de las actividades que realizamos, que de nuestra actitud ante ellas y del significado que les demos.






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